marzo 07, 2013

Orfandad


Ricardo Andrade


Desaparecidas las grandes presencias, sobrevienen las grandes ausencias. A causa de las informaciones no oficiales la noticia se esperaba de un momento a otro, pero conocerla causó extrema perplejidad. ¿Cómo es que un hombre que no hace mucho tiempo lucía invencible, hablando del futuro y de la potencia que seríamos en el mañana, ya no está entre los vivos hoy? Cuesta creerlo. Somos tan poca cosa frente a la enfermedad y frente a la muerte, que es muy flaco el servicio que nos presta la adulación de terceros y esa soberbia propia que nos puede llegar a hacer sentir, por momentos, inmortales.

Ayer no me salía otra cosa que silencio, pero poco a poco tendremos que verbalizar esta angustia social. Hugo Chávez ya no está en la escena política venezolana, al menos ya no de forma viva y directa, y ello, además de motivo de aflicción -especialmente para quienes nos hemos pasado más de la mitad de la vida sabiéndolo Presidente-, es también motivo de preocupación. Su liderazgo carismático era lo único capaz de garantizar cierta gobernabilidad en uno de los países más violentos del mundo y con una de las tasas de inflación más altas del mundo. Chávez era como un mago que podía trocar y trucar el sentido de los logros y desaciertos de la revolución bolivariana. Sin ese amortiguador anímico es difícil prever tiempos de sosiego. Él encarnaba a la perfección el optimismo irracional que nos caracteriza como pueblo, esa felicidad fácil, ese orgullo automático por “lo nuestro”. En general, Chávez estaba en perfecta sintonía con el pueblo: dicharachero, folclórico, a ratos amoroso, a ratos bárbaro. Cantante, cuentacuentos, pelotero, soldado, político. Todo a la vez.

Su conexión con los más pobres era, y lo sigue siendo, mediada por un anudado lazo afectivo, pues Chávez también encarnaba a la perfección el paternalismo como forma de acción política. Era el padre de los desposeídos, el taita, el encargado de resolver los problemas de sus hijos. Hoy, buena parte del país se ha quedado huérfana, con todo el dolor y el desamparo que ello implica: abandonados y sin la madurez suficiente para afrontar la orfandad, salvo con la ayuda de un otro ungido por el padre, es decir, de una extensión suya. Y hoy, después de ver con pasmo el cadáver de Chávez navegando en un mar rojo de gente adolorida, desgarrada, sería absurdo no reconocer que ese dolor, que es también energía e inspiración, se traducirá en un respaldo contundente a Nicolás Maduro, el elegido como sucesor.

Sin embargo, reina la incertidumbre. Sin su líder natural, al chavismo le corresponde mantener la fuerza que los aglutina, la unidad y la capacidad organizativa, así como formar nuevos liderazgos, sin que todo ello tampoco garantice la continuidad de un proyecto político. La oposición, por su parte, no tiene más opción que madurar dentro del juego democrático, organizarse y presentar al país una alternativa con la cual los más pobres puedan identificarse de forma genuina, no sólo para elecciones como las venideras (sobra decir que no convocarlas sería un golpe de Estado flagrante), sino para encarar el futuro. Chávez ya se está convirtiendo en mito e ícono de lucha latinoamericana y quienes lo hemos adversado tal vez pasemos a la historia –siempre escrita por vencedores- como los enemigos de la patria. La verdad es que su gobierno derrochó una oportunidad extraordinaria para dejarnos en mejor posición frente al mundo (lo tuvo todo a su favor: apoyo popular, dinero a manos llenas, control total), pero eso tal vez no pase a la historia. Por ahora –para usar una expresión popularizada por el gran ausente-, lo mejor que podemos hacer para paliar estos momentos difíciles es ponerle un alto a ese artificio interesado que conocemos como polarización. Eso y sólo eso marcaría el inicio de una mejor etapa en Venezuela.