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marzo 11, 2009

Problemas como arroz

Prácticamente hemos perdido las esperanzas de que nuestro Presidente asuma la altura de su investidura y deje de lado su lenguaje divisionista, guerrerista y fanfarrón que sólo contribuye a polarizar más al país. Lejos estamos de tener un Presidente que tienda puentes, que se atreva a ser humilde y reconocer que la verdad no le pertenece y que, tal como rezan los principios dialécticos, busque en la posición contraria aquellas cosas que complementarían su visión de país.

Y es que el Presidente se torna cada vez más totalitarista, convierte cada vez más su revolución en un proyecto personalista y en las adversidades, ataca y somete en lugar de buscar lazos y unir.

Es así como, ante una situación económica difícil, y en vista de lo difícil que se le torna al gobierno mantener programas como Mercal o PDVAL, se lanza sobre la empresa privada e interviene, expropia y amenaza, y aún cuando ve a su “enemigo” agachar la cabeza y pedir diálogo, la respuesta del gobierno sigue siendo más amenazas, más insultos y cero negociación. ¿Acaso no comprende Chávez que su gobierno, y cualquier gobierno democrático, necesita del sector privado para impulsar la economía? ¿Acaso no sabe que el Estado no puede asumir todo el peso de los medios de producción porque simplemente eso provocaría el incremento de la burocracia y de la corrupción? La empresa privada comprende que necesita al gobierno, y que debe negociar con los entes reguladores. Pueden ejercer posiciones tramposas como es su naturaleza y por lo tanto especulan, evaden y manipulan valiéndose de su poder de producción, pero al final saben que sin el apoyo del Estado no pueden sobrevivir y que sólo es cuestión de buscar un punto común donde todos ganen. Pero el gobierno no.

Es tan ególatra y autosuficiente este gobierno, que aún sabiendo que no posee recursos para financiar una expropiación de una empresa tan grande como lo es Polar, no “come coba” en mostrar su poder y ejercer terror sobre los privados. Porque desde el principio esta “revolución” no llegó para curar heridas, sino para vengarlas. Vino a sustituir unos nombres por otros (conservando algunos que simplemente se tiñeron de rojo la franela) pero bajo la premisa de la venganza, del desquite. No, qué va, la reconciliación no es un objetivo de este gobierno. Su lema es simple y terrible: Si no te gusta, te vas.

Uno no puede, por sentido común, estar de acuerdo con las prácticas oligopólicas tradicionales de nuestra industria privada. Sabemos y reconocemos que las empresas formadas bajo el manto de la ideología neoliberal, solo piensan en cómo manipular los factores del mercado a su favor. Sabemos y reconocemos que evadir regulaciones sustituyendo artificialmente un producto primario por uno derivado (como el arroz blanco y el saborizado) es una práctica despiadada. Sabemos y reconocemos que una arepa en Bs.F. 20, 18 o 15 pudiera ser una exageración y una aberración comercial. Pero tampoco creemos que la solución sea adoptar medidas castigadoras como imponer un precio tan bajo como el 1,50 sugerido por el nuevo ministro de comercio Eduardo Samán (quien por cierto tuvo que corregir su comentario alegando que los medios lo habían "mal interpretado"). Ni siquiera los tarantines callejeros venden una arepa en ese precio. ¿Qué busca el gobierno entonces? ¿Ahogar terminalmente al sector privado, incluyendo a los pequeños y medianos comerciantes? ¿Se inventarán una “ruta de la arepa” jurando estar dando solución a los problemas? ¿Y cuando los dueños de las areperas dejen de vender arepas? ¿Cuándo cierren y despidan a sus trabajadores? ¿El Estado va a absorber esa masa laboral? ¿Cómo lo harán? ¿Bajo la modalidad de personal contratado, una práctica criticada por ellos mismos, pero bastante generalizada en los ministerios? ¿Y luego? ¿Anunciarán nuevas fusiones de ministerios para prescindir de los servicios de este personal contratado? ¿O cuando estos trabajadores comiencen a exigir sus derechos y a reclamar un discurso consecuente con la realidad de parte del gobierno, intervendrán y militarizarán las empresas como está ocurriendo con el Metro y con las empresas de Guayana?

Lo peor de todo esto es que la política del gobierno sigue siendo coyuntural, proselitista y cortoplacista. Y mientras los ministerios se abocan ahora a solucionar el problema de la “soberanía alimentaria” porque es el tema que Chávez puso de moda, y mientras el CICPC se ocupa de analizar muestras de una exposición científica, en las calles de Caracas el hampa nos sigue matando. La Morgue de Bello Monte continúa con una patrulla improvisada como furgoneta recogiendo los cadáveres de los muertos de los fines de semana, los cuerpos que sí duelen de verdad. El TSJ continúa dando beneficios de libertad condicional a los asesinos de las bandas que la policía anuncia como “desmanteladas” por TV y graduando de delincuentes a los que por “mala leche” no se ven tocados por esos beneficios (que resultan ser más inocentes que los que si salen beneficiados). Los funcionarios policiales corruptos continúan financiando y protegiendo secuestradores, asaltantes de bancos y sicarios. Los tribunales continúan discriminando la aplicación de justicia con base en los que pueden pagar un soborno y los que no. Y a fin de cuentas, se sigue alimentando el monstruo insaciable de la impunidad. ¿Y la oposición? Nada esperanzadora: si no van y se reúnen con un personaje tan terrible como Aznar para impulsar una “hoja de ruta contra los gobiernos totalitarios”, entonces se limitan a seguirle el rastro a la agenda temática que impone Hugo Chávez. No crean, no accionan, no impulsan sus propias iniciativas, no salen de su parálisis post-electoral.

No estamos hablando paja. No nos referimos a un capítulo de alguna serie de TV. Hablamos de Venezuela y de una bomba de tiempo a la que cada vez el conteo se le va quedando más corto ¿A quién le estallará en la cara?